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martes, 8 de julio de 2008


EL NIÑO Y ALGUIEN.

Las luces se apagaron hasta morir

los espíritus se elevaron

levitando la inquietud

sin poder evitar llorar

por la ácida ensalada de memorias

y de arrepentimientos

de la que en esta noche

mi alma se alimenta

Vuelvo a no saber donde estoy

Vuelvo a querer a ese niño

Vuelvo a temer

y su imagen casi indescriptible

de una bofetada violenta derrota

todo lo ganado

–el niño cruzó la vereda y alguien cruzó la calle para saludarlo con voz y sonrisa; el niño le contestó con un “hola” sin aire pero con boca, la boca inolvidable, deseable y de roja ternura acabada, como las mejillas, que aumentaron la tensión de ver a un niño como nieve intermitente; y fue dichosa la vereda que amortiguó su mirada más intensa que el rubor de su estampa.

El Niño en la Puerta

Su carita palidecía

y se inclinaba para entender lo que oía,

pero su gesto parecía más bien

adorno de su anatomía.

El pelo de su frente casi tocaba sus pestañas… parpadeó.

Y de apoco su boca se relajó y cayó

casi como para besar a alguien.

Un brazo agarraba fuerte un cuaderno contra su pecho,

cual si abrazara a alguien…

los ojos ya no pestañeaban

penetraban fuerte e iluminados,

como si intentara enamorar a alguien. Ahí estaba yo.

haciendo como si mirara a una puerta semiabierta

con la manilla girada por una mano infantil.

Yo te hubiera tomada la mano

hubiera dejado que me besaras, abrazaras

que me miraras por siempre con esa cara de ángel

abriendo la puerta del cielo.